Es posible que no lo hayas escuchado de esta manera pero quizás te resulte más familiar el término  “gestión de las emociones» o “inteligencia emocional». Un ejemplo que podría ilustrar este concepto es la exitosa película “Intensamente”, tanto la primera como la segunda generaron un importante debate. Quienes la vieron y compartieron sus impresiones pudieron identificar momentos de su vida cotidiana reconociéndose en los personajes que representaban diversas emociones humanas.

Retomando el título del texto, busco establecer una conexión más profunda con estos términos “new age”, que, en mi opinión, representan solo la punta del iceberg de lo que abarca en su totalidad la SALUD MENTAL. 

Supongamos que la película «Intensamente» te provoca una reflexión y comenzas a identificar las emociones que surgen en vos; paso número 1, check! Pero, ¿qué hacemos con eso? No podemos quedarnos solo en esta etapa. Es fundamental que la persona aprenda a transitar cada emoción, y eso dependerá de las herramientas que tengamos a nuestra disposición. Habitar la angustia, por ejemplo, resulta incómodo; deseamos que desaparezca rápidamente y, en ocasiones, ni siquiera le damos espacio. Si sentimos angustia y no la expresamos de ninguna manera, la convertimos en silencio, y lo que no se nombra no existe; al menos, hacemos que parezca que no existe. Este fenómeno se asemeja al famoso “fingir demencia”,  prima hermana de la inteligencia emocional, ahí cerquita de la punta del iceberg. Fingir que no sufrimos es una trampa que, en el peor de los casos, puede resultar mortal.

No estoy afirmando que esto siempre sea tan complejo, pero va a estar relacionado con la perspectiva que tengamos sobre nuestra salud mental, entre otros factores. Ahora sí me detengo en este importante aspecto.

Es cierto que muchas veces la salud mental se asocia erróneamente solo con lo que se considera la “locura” y, esto crea un estigma que nos impide abordar el tema con la seriedad y la empatía que merece. La percepción de la salud mental como algo que solo les ocurre a quienes se desvían de la norma limita nuestra comprensión y aceptación de que, en algún momento de nuestras vidas, podemos enfrentar dificultades emocionales o psicológicas.

Negar nuestra vulnerabilidad, o la de los demás, puede parecer una manera de protegernos, pero en realidad perpetúa el miedo y la incomprensión, y no solo nos aislamos del ambiente que nos rodea, sino que nos cerramos a la posibilidad de reparar y sostenernos con el ambiente mismo.

La vulnerabilidad es, en realidad, una parte esencial de la experiencia humana. Compartir nuestras luchas puede ser liberador y puede ayudar a otras personas a sentirse menos aisladas en sus propias batallas. Es fundamental desmantelar estos estigmas y abrir espacios para conversar sobre las emociones y las experiencias que compartimos, ya sean positivas o negativas. La salud mental no es solo un tema de los manicomios; es una parte integral de nuestra vida diaria y afecta nuestra calidad de vida, nuestras relaciones y nuestro bienestar general.

Ver películas o leer historias que abordan estos temas puede ser un primer paso para desmitificar la salud mental y encontrar puntos de conexión con esas experiencias. Al reconocer que la salud mental es un aspecto que todas las personas experimentamos, podemos comenzar a construir una cultura de sostén, acompañamiento y comprensión en lugar de ignorancia y miedo.

Puede ser un tema que, “me pasa cerca pero no tanto”, que “ignoro de qué se trata pero me incomoda, así que mejor seguir fingiendo demencia total nada tiene que ver conmigo”. No te olvides que sos la misma persona que vio intensamente y que seguramente se identificó con más de una escena, y si no la viste te lo podes imaginar, o andá y mirala. Los estigmas que giran alrededor de esta idea nos alejan de reconocer que “la locura” está más cerca que los manicomios. Es como si le tuviéramos miedo, en vez de desarmarlo y preguntarnos de dónde viene ese miedo, lo negamos, lo evitamos y muchas veces incluso lo despreciamos. 

¿Cómo alojar la salud mental de mis afectos si ni siquiera doy lugar a la propia?

Lo que quiero decir es que hablar de salud mental implica, en primer lugar, detectar nuestras propias barreras sobre cómo nos vinculamos con lo que sentimos. Quedate tranqui (pero no tanto) que no tenes porqué saberlo, entiendo que poco y nada nos educaron para esto. Tampoco tenes que descubrirlo en soledad. Reconocer que la salud mental es un derecho fundamental nos permite legitimar, valorar lo que sentimos, ya sea alegría, enojo, la famosa ansiedad, angustia, tristeza, o incluso esa sensación de rareza, algo que no podes descifrar con claridad. Tal vez estás atravesando un cambio de trabajo, una mudanza, o hayas perdido a alguien o algo importante, y todo eso puede alterar tu rutina diaria y te tambalea la estantería. ¿Cómo te relacionas con esos sentimientos? ¿le das lugar o preferís ignorarlos para evitar la incomodidad? Dar lugar a la angustia es validarla, poder nombrarla, encauzar y hasta incluso poder construir un borde antes del desborde.

 ¿Se acuerdan del “no pasa nada”? Esta frase carga con la herencia de una concepción limitada de la salud mental, que en realidad debería abarcar más que solo la mental. Durante nuestra infancia, cuando nos caíamos y llorábamos, rápidamente aparecia un adulto diciéndonos que no pasaba nada. Sin querer queriendo nos estaban invalidando, así como probablemente también les sucedió en su propia niñez. Aprender a darle valor a lo que nos afecta es fundamental para fortalecer los lazos con quienes nos rodean. Entiendo que acercarse en tiempos de individualismo no es tarea fácil, puede ser un desafío, pero también es cierto que transitarlo en soledad puede ser “llevadero” hasta que,  explota la bomba en la cara. Permítanme el dramatismo, lo merece. 

Para abordar la salud mental y prevenir los explosivos, podemos crear lazos, entendiendo que esto se construye en lo colectivo. La salud mental no es sólo asunto de quienes padecen trastornos ni de las profesionales de la salud, sino que la responsabilidad se vuelve compartida. Si miras a tu alrededor y exploras, seguramente encuentres una persona que tenga la herramienta que no tenes; y si no la tiene, te puede ayudar a encontrarla. Puede venir de manera presencial o virtual, en la amistad, en familiares, en alguien del trabajo, o incluso del centro de salud más cercano, o del teléfono de emergencia cuando las cosas parecen desbordarse. Tal vez, puedas prevenirlo en la próxima.

Así es como se reconstruye la salud mental. Existen innumerables experiencias colectivas creadoras de otra salud mental posible. 

Parafraseando a Carlos Skliar (@carlos.skliar), es fundamental revisar cómo nos tratamos, para retratarnos de manera diferente y crear retratos en comunidad.

Es posible, necesario y urgente reparar lo dañado, restituir lo perdido  y transformar las urgencias en diálogos que permitan escuchar y ser escuchados. Esto también es acompañar.

Lic. Anabela Percara

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